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Innovación al Límite: El Porsche 909 Bergspyder Explicado

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Dhymar Cohen ∙ 31 agosto, 2026

Dhymar Cohen
31 agosto, 2026

El 8 de septiembre de 1968, en la penúltima prueba del Campeonato de Europa de Montaña, el monte Gaisberg fue testigo de uno de los experimentos más radicales en la historia de Porsche. La marca ya tenía el título asegurado gracias al dominante 910/8 Bergspyder, pero el departamento de competición decidió llevar algo distinto, casi extravagante: el nuevo 909 Bergspyder, un prototipo tan extremo que parecía más una idea de laboratorio que un auto de carreras.

Con apenas 400 kilogramos, 3,48 metros de largo y solo 75 centímetros de alto, el 909 se convirtió en el Porsche más ligero jamás construido. Su presencia era mínima, pero su ambición enorme: servir como banco de pruebas para todo aquello que pudiera ahorrar gramos y mejorar el rendimiento en las competiciones de resistencia.

 

Ingeniería Extrema

El 909 heredó varios elementos del 910/8, como los cubos de rueda, los muelles de suspensión y las pinzas de freno de titanio. También mantenía el bastidor tubular de aluminio, componentes del motor en titanio y magnesio, discos de freno de berilio ultraligeros y una carrocería de fibra de vidrio que pesaba apenas diez kilogramos. Cada pieza parecía diseñada con una sola obsesión: eliminar masa.

Pero el detalle más llamativo era un componente tan extraño como ingenioso: un depósito esférico de titanio. Del tamaño aproximado de dos balones de fútbol, alojaba una bolsa de goma interna que se llenaba de gasolina antes de cada carrera. El espacio entre la esfera y la bolsa se presurizaba con nitrógeno a unos 15 bar, empujando el combustible hacia la bomba de inyección mecánica. ¿El objetivo? Eliminar la bomba de alimentación y ahorrar siete kilogramos adicionales. Para Porsche, cada gramo contaba.

 

Una posición de conducción para valientes

La distribución de pesos también se replanteó por completo. El diferencial autoblocante se desplazó hacia atrás, mientras que el asiento, el motor y la caja de cambios se adelantaron tanto que los pies del piloto quedaban por delante del eje delantero, protegidos solo por la delicada estructura tubular y la carrocería de fibra. Era una configuración que exigía confianza absoluta en la ingeniería… y en el destino.

El motor, un ocho cilindros bóxer de dos litros, entregaba 275 CV y permitía una aceleración de 0 a 100 km/h en 2,5 segundos. La relación peso-potencia era de 1,4 kg/CV, cifras propias de la Fórmula 1 de la época. Con la relación adecuada, el 909 alcanzaba los 250 km/h.

 

Un experimento tan breve como influyente

El 909 compitió solo dos veces. En Gaisberg, la mezcla demasiado rica provocó fallos en el motor y Rolf Stommelen terminó tercero. En el Mont Ventoux, Porsche combinó el depósito esférico con una bomba de gasolina convencional y Stommelen logró el segundo puesto. Pero la aventura terminó ahí: Porsche abandonó el Campeonato de Europa de Montaña para concentrarse en el Mundial de Marcas y en Le Mans.

Sin embargo, el legado del 909 fue profundo. Su filosofía de distribución de pesos y su enfoque extremo en la ligereza influyeron directamente en el 908/3, el arma definitiva de Porsche para Nürburgring y la Targa Florio en 1970. En los trazados más revirados, el 908/3 fue prácticamente imbatible.

El depósito esférico, en cambio, quedó como una curiosidad técnica, un símbolo de la creatividad sin límites del departamento de competición. Solo se fabricaron dos unidades del 909, pero su espíritu sigue vivo: una esfera de titanio que representa la eterna búsqueda de Porsche por explorar los límites de lo posible.

 

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